Una guía para la contemplación mística no-dual

David Chaim Smith es uno de los pocos artistas y escritores que podemos considerar como verdaderamente místicos y visionarios en la actualidad. En los últimos años ha amasado una de las obras más profundas dentro del esoterismo occidental contemporáneo. The Awakening Ground: A Guide to Contemplative Mysticism (El terreno del despertar: Una guía al misticismo contemplativo1) es su más reciente obra publicada en lo que se confirma como un proceso de destilación cada vez más refinado, en el cual se explora el sendero de la contemplación no-dual. Su obra está fincada sobre una base de imágenes y símbolos cabalistas —tanto en el texto como en los misteriosos artefactos geométricos que lo acompañan, reminiscentes de antiguos diagramas alquímicos— pero se huelga en diversas tradiciones esotéricas, incluyendo “un linaje de realización gnóstica nunca interrumpido”.

Si consideramos a Chaim Smith dentro de la tradición cabalista, debemos decir que su visión resulta un tanto radical ya que plantea una visión no-teísta y no-emanacionsta de la cábala, en la cual la mónada (la divinidad suprema) es en realidad la última ilusión o reificación dentro del sendero, vista como el “Todo”, un metaobjeto, y por lo tanto el último obstáculo en la comprensión no-dual de la totalidad de la manifestación del universo como solamente conciencia (awareness2) pura, luminosa e impersonal. David Chaim Smith sostiene que Ein Sof (lo Absoluto, literalmente: lo que no tiene fin) es igual al terreno o base de los fenómenos, esto es, el espacio mismo y su despliegue de energía creativa. “La esencialidad trascendente de Ein Sof se expresa como manifestación inmanente”, dice DCS. Tenemos entonces un sistema que reconcilia la aparente paradoja de lo trascendente y lo inmanente, como dos aspectos de una misma naturaleza todoabarcante en la cual se aniquila todo concepto como afuera o adentro y se ecualiza lo absoluto con lo relativo. Esto hace que el universo manifiesto no sea más que la luz abierta y nunca disminuida de Ein Sof —es nuestra percepción delusoria, resultado del hábito de reificación u objetificación, la que hace que percibamos un universo de cosas, objetos separados, concretos, opacos y contenidos que son aprehendidos por un sujeto igualmente separado, concreto, opaco, contenido… “Ein Sof nunca desciende de su pureza, sin embargo, se puede interactuar con su luz tanto desde el lado de lo contenido como de lo incontenible”. De cualquier manera todo con lo que interactuamos no es más que Ein Sof, pero podemos tener una percepción dual y relativa (contenida) dentro de una dinámica sujeto-objeto o una no-dual, absoluta, de pura conciencia sin límites.

El sistema que establece The Awakening Ground es ciertamente sofisticado y un tanto complejo pero no es uno que carezca de integridad, coherencia interna y belleza. En sí mismo dispone la totalidad del sendero de la autoliberación a través de un entrenamiento de la mente. Lo esencial aquí es liberar a la mente de la coagulación en la que se encuentra, enfrascada en una lógica reificante sujeto-objeto. Esto puede hacerse dirigiendo la atención al punto exacto en el que la dualidad primero surge y en el que la apertura luminosa de la creatividad se ve contenida. Lo que percibimos como un mundo sustancial e impermeable puede que no sea más que la resultante de nuestro hábito de aferrarnos a las apariencias como si fueran objetos concretos —repetir este hábito perceptual estaría solidificando la propia conciencia y re-presentándola como un sujeto con sus objetos. Esto es lo que en la cábala se conoce como una cáscara o klipá, la cual, según algunas interpretaciones, se erige como un límite que restringe nuestro acceso a la sagrada luz primordial. Pero hay buenas noticias: este proceso de concretizar la cognición y separarse de la luz primordial puede desandarse, incluso sin que tengamos que añadir algo a nuestra propia naturaleza esencial. No hay nada que hacer, sólo aprender a ver. La contemplación no conceptual en sí misma corta la raíz de esta reificación básica que polariza el mundo en un ente que conoce y una serie de objetos que son conocidos. DCS sugiere que este largo proceso de confusión y sufrimiento —puesto que la separación es la raíz del sufrimiento— se suspende en la práctica contemplativa que permite a la mente reconocer que aquello que se despliega como fenómenos aparentemente externos son en realidad las “centellas” de su propia conciencia. “La práctica de la contemplación sagrada está basada en el entendimiento de que la mente comparte su naturaleza esencial con todo aquello que observa, y dentro de esa confluencia todas las cosas pueden ser directamente reconocidas”. La labor contemplativa no es una acción como tal, es sólo reconocimiento, pero hay un cierto esplendor en ello, una especie de re-co-ignición, que es la energía primordial creativa vuelta sabiduría. The Awakening Ground es sobre todo una invitación a participar en el perenne matrimonio entre la manifestación del cosmos como fenómeno y la cognición de esta manifestación, o lo que es lo mismo, la indivisibilidad del espacio y la luz. Vale la pena detenernos a meditar un poco en esto: el espacio, que es lo que permite que se manifiesten los fenómenos (que son fundamentalmente luz), no es distinto de esa misma luminosidad que permite que los conozcamos, que, de hecho, es la cognición misma.

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Al inicio de todo sendero místico yace un profundo anhelo y un ardiente amor al silencio. Como escribe DCS:

La práctica contemplativa empieza con el amor al silencio. Silencio en este caso no se refiere a la mera ausencia de sonidos audibles, aunque este es uno de los aspectos que invitan a la mente a la gran expansión de su naturaleza esencial. El gran silencio es pleno, resonante y habla a través de todas las cosas. Puedes empezar llamándolo en tu interior, donde reside sin interrupción.

El amor al silencio es una especie de hambre o sed. Cala profundamente hondo. La urgencia de unirse a él es como el fuego que intensifica la aspiración gnóstica.

David Chaim Smith hace eco del lirismo de grandes maestros de la tradición mística de Occidente, los cuales han alabado poéticamente los virtudes del silencio, la quietud y el sosiego. Este silencio henchido de una especie de ardor está en el umbral de “La noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz; “a oscuras, y en celada,/ estando ya mi casa sosegada”. Mientras el silencio disuelve los constructos conceptuales en sus aguas calmas, la mente puede empezar a vislumbrar la pureza virginal del espacio, siempre encinto de la luz, en donde se revela siempre la belleza prístina del mundo. Este mero anhelo expandido por el silencio es suficiente para emprender el largo y solitario viaje de regreso del místico hacia su amada, “el vuelo del solo al Solo” de Plotino. “El amor al silencio y a la belleza del espacio base es la marca de la aspiración que libera el significado”, escribe DCS.

El silencio es la matriz para nutrir el anhelo místico, mientras que el mismo anhelo de lo esencial silencia los deseos mundanos que mantienen a la mente agitada. El hermetista cristiano Valentin Tomberg escribe en sus Meditaciones sobre los arcanos del tarot:

Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma. Es como el servicio perpetuo en la Iglesia del Sagrado Corazón en Montmartre que se realiza en París mientras uno trabaja, uno interactúa, uno se divierte, uno sueña, uno muere… De la misma forma que “un servicio perpetuo” de silencio se establece en el alma, esto continua siempre aunque uno esté trabajando o cuando uno está conversando. Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso.

Se puede llamar a este “servicio perpetuo” del silencio en medio de cualquier cosa que aparezca. Como dice Chaim Smith: “Contacto directo con el misterio siempre es posible, en tanto que el silencio del espacio básico llama a través de su miríada de apariciones”. La aspiración raíz que se enciende en el silencio es “residir más allá del muro colocado entre los pensamientos internos y las sensaciones y las percepciones externas”. En el silencio se esclarece el estado indiferenciado, la falsa diferencia entre interior y exterior, la inseparabilidad de la mente y el cielo.

El silencio es parte del “campo acrisolado”, la primera puerta en el sistema de seis puertas de The Awakening Ground, todas presentadas dentro de un simbolismo alquímico. Es a partir de esta puerta que el contemplativo puede lograr el estado del tzadik, el maestro realizado del misticismo  judío, al cual podemos aspirar en este sendero (pero que tiene su equivalente en el sufí, el santo, el arhat, el mahasiddha, entre otros). Este tzadik, nos dice DCS, está más allá de la identificación y el apego, “no tiene una psique individual, esto en el sentido de que ya no hay más apego al significado de los fenómenos relativos”. Habita en el reconocimiento de lo absoluto y para él cada centella de la luz de Ein Sof (Aur Ein Sof, la creatividad autoluminosa) es la “totalidad completa”, instantáneamente liberada. “El tzadik no es más que esta centella del silencio asumiendo forma, la cual anula la separación entre su singularidad y su infinita variación”. Como un héroe en el drama cósmico del Tzimtzum (la contracción de la luz que se produce para vaciar espacio y dar lugar al mundo manifiesto), el tzadik ha alzado las centellas y liberado las cáscaras, simplemente al reconocer que “las fronteras implicadas en el proceso del Tzimzum, como la jerarquía de los mundos y sefirot, sólo concierne a una distinción relativa. Lo absoluto siempre es sólo Ein Sof”. Todo lo que podemos medir, definir y conceptualizar desde la perspectiva de Ein Sof, de lo absoluto, es una ilusión, sin embargo, puede ser útil durante el sendero. En realidad la totalidad del mundo manifiesto y cada una de sus capas nunca dejan el terreno de la esencialidad, sólo aparentan dejarlo “dentro del klipot de la percepción”; la luz es una unidad simple que irradia “la totalidad en sí misma” y, como las enseñanzas judías sostienen, “la divinidad es perfectamente íntegra y no puede ser interrumpida”. Es justo por esto, debido a que las apariencias son primordialmente puras y restan más allá de las máculas de la conceptualización y la fijación que uno puede alcanzar la “destilación alquímica de la gnosis” a través del reconocimiento de “una sola centella del terreno dentro del campo perceptual… Como la luz de un rayo, el que conoce y lo conocido colapsan juntos en el mismo instante, e infinitas centellas le siguen en el estremecimiento de la apertura. Cada una consume al mundo entero, y sin embargo el mundo nunca desaparece”. Este es el misterio de que la totalidad exista sin disminución en el fragmento y de que el mundo, aunque en realidad sea siempre unidad simple y luminosa, de todas maneras siga apareciendo como una multiplicidad de fenómenos.

Dijimos que The Awakening Ground es un amor al silencio, pero también puede pensarse como la oda de un contemplativo al espacio y a la luz, o a ese “campo de centellas” que desdobla la paradoja de un “terreno inmutable que siempre se manifiesta como cambio constante”. Es la más grande maravilla que este “terreno  [o base] inmutable”, que es sólo absoluta esencialidad se vea propulsado en “una continua variación más allá de origen, destino o sustancia”. Siendo una “nada luminosa”, de todas maneras se manifiesta como todo, “la sustancia aparece, pero no como un hecho —sino sólo como ‘opinión”’. Desde la perspectiva del contemplativo, el mundo es visto como el juego de la conciencia y las apariciones, como un símbolo viviente que lleva el significado de lo absoluto “inherente en su despliegue relativo”, como “un doble onírico” que surge de la cohesión dinámica de las centellas o incluso, en términos teístas, como “el cuerpo viviente de una deidad” (una deidad que es también una bestia, un magnífico puerco kosher, que debe sacrificarse en el altar del espacio).

Las centellas nunca dejan de surgir, ya que la naturaleza del terreno es una incontenible creatividad. Esto en términos cabalísticos es el aspecto de B’reshit, “la esencia dinámica de la totalidad” que siempre está desprendiendo las centellas de una fuente siempre fluyente. B’reshit es la primera palabra del libro del Génesis, que DCS dice que debe traducirse como “en-inicialidad” (la expresión “in-beginningness” difícilmente puede traducirse al español). Esto para mostrar que la creatividad divina siempre —en este mismo momento— está dando a luz al mundo (el espacio es descrito como el vientre divino embarazado de luz). Pero lo que llama aún más la atención es que este continuo pulso creativo colapsa en el mismo exacto espacio y en el mismo instante en el que surge. Místicos de todas tradiciones e incluso científicos modernos han notado que el tiempo es una ilusión (aunque una “persistente”, según Einstein). Una cita del Sefer Yetzirah viene a colación: “El final está embebido en su principio, y el principio en su final, como una llama en un carbón ardiente”. Cada instante, la totalidad en sí misma puede verse a la vez como el Génesis y el Apocalipsis, el Manvantara y el Pralaya, el Tzimztum y el Tikkun Olam. Un surgir-en-su-disolverse, como el flujo y el reflujo de las mareas, como la inhalación y la exhalación que yacen implicadas en toda vida.

Contemplar la procesión de la manifestación no-dual y su instantánea disolución trae una cualidad estética a la vida y un sentido íntimo de lo sagrado. El universo se vuelve un enorme ritual mágico. Es a través de este descubrimiento que todos nuestros gestos cobran significado, y resuenan como tonos cintilantes del “terreno del despertar”. “Disolviéndose-en-aparecer es el gesto gnosémico quintaesencial: un continuo autoconsumo que surge como todas las cosas sin nunca contradecirse a sí mismo. Se le conoce como la simultaneidad de solve et coagula”. La conciencia unipuntual de este proceso, que vincula a través de la analogía hermética al hombre y al cosmos (“la tierra y el cielo colapsan en un solo gesto sacrificial”), permite que nuestra existencia encarne el significado más profundo al que puede aspirar, aquel de un sacrificio sin final.

Como escribe el escritor italiano Roberto Calasso en El ardor, parte de una única obra en múltiples volúmenes que tiene como uno de sus temas principales el estudio del sacrificio: “El sacrificio es una alternancia, una combinación, una superimposición de dos gestos —dispersar y reunir—… es inevitable e inmediatamente concebido como respiración, sístole y diástole, el solve et coagula alquímico”. En otras palabras, cuando miramos atentamente, todas las cosas están desempeñando un sacrificio, todo está “erguido en su propia disolución”, todo arde, todo está intercambiando energía, y por ello, “está en proceso de transformarse de una condición a otra”, según dice DCS. Lo notemos o no, nuestros propios cuerpos están siendo ofrecidos en este momento al fuego que todo lo consume del terreno (ground). Pero notarlo permite que sigamos el ritmo y disfrutemos del espectáculo; hace que la aspiración se convierta en íntima participación, disolviendo el yo en el gran cuerpo cósmico de “la bestia sacrificial embarazada”.

El cuerpo entero es una ofrenda, que se sacrifica a sí misma a través del proceso alquímico. Inmersión, absorción y entrega unifican a la bestia, y envían sus espasmódicos impulsos revestidos en nubes de variación, perfumados con el humo de la aspiración. Su carne quemante fenece cada momento. Todos los constructos son impermanentes, y su desaparición es usada por el practicante como un sacrificio. La disolución de los fenómenos es inherente en cada momento de cualquier manera, así que, ¿por qué no imbuirla de una intención gnóstica? ¿Por qué no hacer oración de lo que ya está pasando?

El sacrificio se convierte en un baño lustral, una purificación que es a la vez una intoxicación gnóstica. David Chaim Smith sugiere que el proceso de la contemplación —los eventos de la percepción, el reconocimiento del terreno— libera un destilado alquímico, lo que en un libro previo llamó “el néctar intoxicante de la visión”. En cierto sentido lo que ocurre al contemplativo imita el despliegue creativo del universo: mientras que la luz de Ein Sof se derrama y atraviesa las sefirot, se puede decir que secreta gotas de shefa (“resplandor de la sabiduría”,”luminosidad insustancial”). Estas son las mismas centellas de entendimiento gnóstico que, metafóricamente, en el éxtasis del contemplativo, forman una especie de “sustancia” de la sabiduría. Esto no debe tomarse literalmente (el elixir es inmaterial), pero la imagen que dibuja DCS merece saborearse. Uno puede imaginar el universo antropomórficamente como el Anciano de los Días, un majestuoso ser etéreo (también llamado Atika Kadisha) hecho de las 10 sefirot (el también llamado “árbol de la vida”) con las que se mapea el proceso de manifestación, las cuales son al mismo tiempo la anatomía divina y el algoritmo divino del universo. En la cúspide de las sefirot “el shefa fluye como un rocío cristalino, que se derrama de entre el cráneo de Atika Kadisha (keter) y lo que el Zohar llama lo ‘arriba-arriba’ (Ein Sof)”.

Este proceso, que se despliega continuamente en una escala cósmica, resuena con la transformación psicoquímica de la alquimia interna y el yoga que se produce en el cuerpo cuando un adepto logra cruzar un umbral de realización mística. La sustancia alquímica que se produce en un laboratorio alquímico tiene un paralelo en una sustancia interna que se genera en el laboratorio del cuerpo humano en el éxtasis contemplativo. Esta sustancia etérea que DCS describe como “un rocío cristalino” da nombre a uno de sus libros, The Blazing Dew of Stars, en el cual se dice: “la luminosidad vierte los rocíos de estrellas a través de sus capas oscurecedoras”. Evoca el rocío de la mañana de los alquimistas, el Spiritus Mundi, la materia impregnada de espíritu, usada en la producción de la medicina universal. Esta es la materia prima con la cual se logrará la piedra filosofal, de la cual se dice, sin embargo, que está en todas partes y que si no fuera en sí misma ya esa naturaleza áurea o perfecta no podría lograr “el trabajo del Sol”. Es también, en su múltiple poder metamórfico, el llamado “mercurio secreto”, el disolvente universal que borra todas las fronteras y conecta todo con todo. Tiene algo así como una naturaleza holográfica a través de la cual Ein Sof puede ser reconocido donde sea. Es una gota, un único destello de la mente, pero es la totalidad entera.

Este es el sueño que se sueña a sí mismo despierto, incansable en la convulsión de sus cualidades. Brisas de rocío cristalino se arremolinan y fluyen en corrientes de primordialidad no fabricada. Cada cúmulo es una gota, cada gota esparce un universo; una corona en la cabeza y un reino sobre el cual caminar, lloviendo, mezclándose, aleándose, disolviéndose, batiéndose en perpetua permutación. El rayo de luz de la aparición es su ofrenda.

 

misticismo

 

Si Borges situó el punto que contiene todo el universo ocurriendo simultáneamente en una esfera tornasol en un sótano en Buenos Aires, DCS sabe que ese punto (esa esfera, esa gota, esa letra) está en todas partes, que el Aleph es esencialmente ubicuo —este es el sello de Ein Sof.

“La naturaleza sólo usa los hilos más largos para urdir sus patrones, para que así cada pequeña pieza de su tejido revele la organización de todo el tapiz”, escribió el físico Richard Feynman. La cartografía esotérica de The Awakening Ground coincide con esta perspectiva de cosmología fractal. “Cada proyección es un hilo que no puede ser separado del terreno que lo presenta” y también “Cada aspecto mueve a todo otro aspecto en un infinito despliegue. El campo de las conexiones es literalmente el espacio mismo. Está tan lleno que está abierto: infinitamente vasto: un tapiz viviente de apertura apareciendo”.

Cada gota es también una puerta, nos dice DCS, y cada gota es también una vocal, aleph (“la totalidad que fluye adentro”), el punto en donde todos los otros puntos convergen simultáneamente, el centro ubicuo del universo. Las vocales son la escritura en el muro del espacio, que van labrando mundos en su juego centelleante (Aryeh Kaplan comenta en su versión del Sefer Yetzirah que el número de estrellas en el universo es igual al número de permutaciones del alfabeto hebreo). El rocío cristalino que se vierte del cráneo, derramando la incontenibilidad de Ein Sof a través de las cáscaras, es la dicha del contemplativo reconociendo el despliegue energético de los fenómenos como su propia conciencia, holgándose en la pirotecnia mágica de “mil soles de colores más allá del espectro ultravioleta”. Es lo que ansía todo místico: ha sido descrito como néctar, ambrosía, amrita, mana, elixir, el misterioso análogo de la iluminación. Es tal vez el eterno deleite de la energía (como escribió Blake) en su autoliberación, anulando la diferencia entre Keter y Malkut y revelando el cuerpo del tzadik como un jardín gnóstico. Es la “incesante energía del paraíso visionario conocido como El Edén”. “El trabajo ‘abajo’ trae consigo la lluvia de ‘arriba'”, escribe DCS en The Kabbalistic Mirror of Genesis. Esta lluvia es shefa, “una fuerza bendita”, la vida misma que es luz. La percepción se depura y entonces vemos todo como es: “El mensaje central de la alegoría edénica es que cuando la percepción no oscurece a la divinidad, todo es dicha. De hecho, la palabra Edén significa ‘delicia’… Cuando no son oscurecidos por el interés egoísta y la percepción delusoria, todos los fenómenos son el Jardín del Edén”.

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David Chaim Smith va volando en el Merkavah (el vehículo del servicio a domicilio de la gnosis) —la cortina celestial ya ha sido descorrida por Metatron— y nos lleva con él en un viaje hacia la gota-universo de la contemplación mística, invisiblemente zurciendo los hilos esenciales del corazón de varias tradiciones esotéricas. Lo hace más que con la mente de un filósofo con el ojo de un artista y con el corazón de un místico. El filósofo quiere comprender “la mente de Dios”, pero el poeta siente la cualidad de la luz y en ella descubre una dicha que es igual a la creatividad incesante del universo y el místico celebra el despliegue resonando con su canto la propia luz que hace el espacio: un campo enjoyado con el brillo del rocío de las estrellas. Juego, oración y práctica se hacen uno.

En cada centella están todas las cosas, nos parece decir DCS. Y al reconocer la naturaleza verdadera de sólo una centella, una gota, un pensamiento, conocemos la luz de todas las estrellas, el significado de todos los fenómenos y en un santiamén todo este edificio espectral e insustancial sostenido sólo por el miedo y la esperanza se colapsa. Y, sin embargo, “una perfecta y cintilante radiación permanece… erigida-disolviéndose en su variación”, interminablemente deshaciendo todos los constructos, libre luminosa abierta “sin un destino o meta específica, es el sello viviente sin (Ein) final (Sof)”. Cuando brota la autoluminosidad de Ein Sof, siempre existe la posibilidad de la reificación o el reconocimiento (sabiduría); cuando la reificación ocurre, sujeto y objeto nacen, y lo que es sólo conciencia se reviste a sí mismo como un cuerpo, un mundo, un reino… con  todas sus costras, cáscaras, capas y hábitos que esmaltan y concretizan. Ya que no hay límites en cómo se puede presentar el pulso creativo del Infinito (Ein Sof), la mente puede confundirse y dudar de su naturaleza verdadera. Cubre su luminosa desnudez con cosas que no dejan verla, pero que no son a fin de cuentas más que su propia piel. Pero aunque este mundo concreto emerge, todo es sólo luz-conciencia abierta, el universo sólo un adorno de la sabiduría. Como dice DCS: “la materia es sólo una opinión, la sustancia un rumor”. Si no tomamos demasiado en serio los fenómenos y los objetos que nos rodean, el mundo entero se vuelve una obra de arte y todos los fenómenos son sólo el condimento estético de una obra maestra que ya ha concluido y sin embargo siempre está en progreso.

The Awakening Ground traza un camino de “práctica espiritual dedicada”, más allá del mero filosofar. Argumenta con palabras y diagramas intoxicantes que “obtenemos el universo que merecemos”, el mundo que experimentamos es un despliegue externo de nuestro estado cognitivo interno. Es por esto que no hay forma de darle la vuelta a la purificación de la percepción y el entrenamiento de la mente si se quiere tomar un camino espiritual y vivir el estado de dicha incondicional que describen los místicos. El genuino estudiante de esoterismo y filosofía mística hará bien en estar atento al trabajo de David Chaim Smith. Realmente no hay muchos otros como él que estén profundamente involucrados en andar el sendero y a la vez trazar y compartir el mapa. A fin de cuentas nadie puede andar el camino por ti, pero encontrar alguien que pueda señalarte la dirección es una bendición.

 

Twitter del autor: @alepholo

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Cadena Áurea

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El concepto clave de este texto que aparece también en el título del libro, “ground”, es de difícil traducción; no existe un término exacto para “ground” en español, especialmente como lo usa Chaim Smith. Los dos más cercanos, me parece, son “terreno” y “base”; ambos deben complementarse para entender lo que propone el texto. Quizás una traducción más elaborada pero útil sería “espacio base”. Lo central es que este “ground” es a la vez la base o el espacio de la manifestación fenomenológica y la manifestación misma.

El término awareness tampoco tiene un equivalente en español. Traduzco “conciencia” simplemente porque este es el término paraguas que se ha utilizado popularmente para englobar la cognición primordial. En otras ocasiones lo he traducido como cognitividad, siguiendo a Elías Capriles. Estrictamente, ambos términos son deficientes, ya que conciencia y cognición connotan una dualidad: “con-ciencia”, “co-gnición”, y de lo que se habla realmente es de una gnosis no-dual.

Fuente: pijamasurf.com

El misticismo del momento justo antes de quedarse dormido

Antes del olvido y la caída en los brazos del sueño hay una posibilidad de percibir de otra forma, acaso sin las constricciones de la mente racional, y penetrar en una dimensión más sutil de la conciencia, cuya topología imaginal ha sido celebrada por ilustres exploradores.

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Todos hemos escuchado sobre –y ojalá experimentado– las virtudes creativas y espirituales del sueño. Al internarnos en el espacio onírico, nuestra mente consciente abandona el control y se activan zonas más profundas que suelen ser profusos surtidores de imágenes, historias y en ocasiones revelaciones, descubrimientos e incluso teofanías. Pero más fértil todavía que el sueño –tomando en cuenta su producción en proporción a su duración– es esa fase en la que merodeamos en el umbral del sueño y, mientras somos llamados por Morfeo y las ninfas del Leteo, mantenemos una ligera conciencia, un ágil aplomo y nítida recolección. Estamos, por así decirlo, entre mundos, en la encrucijada –la zona favorita de Hermes, en un espacio liminal desde el cual podemos experimentar la extraña dinámica de mundos contiguos que se encuentran en un vórtice de corrientes psíquicas. El centro de nuestra percepción parece haberse movido y nuestro proceso de pensamiento se hace transparente e ingrávido, somos observadores, relativamente desapegados, de la mente que se autosimboliza… y se desvanece. Por segundos estamos en algo que podría describirse como un sueño lúcido, solo que aún no hemos entrado propiamente en el territorio del sueño, en el inframundo, y se nos permite también mirar hacia la luz de la vigilia y enlazar mundos y estados de conciencia.

Este estado previo al sueño es llamado “estado hipnagógico” (que lleva o eleva al sueño) e históricamente ha sido usado por científicos, artistas y místicos para de alguna manera minar su propia conciencia –o la del universo mismo que se interpenetra– y obtener joyas que parecen estar incrustadas en las puertas de la percepción de los intermundos. La lista de personalidades que se han servido de este estado y que incluso han aprendido a extenderlo y refinarlo es vasta y merece revisarse a manera de aliciente para la propia psiconáutica. Sin embargo, en una primera parte, quiero concentrarme en la  descripción del estado hipnagógico que hace R. A. Schwaller de Lubicz en su biografía novelada, escrita por André VandenBroeck, Al-Kemi. Schwaller de Lubicz es probablemente el maestro detrás de “Fulcanelli”, el adepto que habría conseguido atrapar el espíritu en los vitrales, como ocurrió antes en los “rojos y azules de Chartres”. El libro de VandenBroeck cuenta la breve etapa en la que el autor fue instruido por De Lubicz (el alquimista Aor) en la ciencia hermética. A diferencia de algunos libros de este tipo –de iniciación esotérica, maestro y discípulo, como los de Carlos Castaneda, sabemos por lo menos que Schwaller de Lubicz existió y podemos de alguna manera evaluar su “doctrina”, leyendo sus libros, especialmente The Temple of Man, una obra monumental sobre la ciencia sacra del Egipto faraónico, que tal vez sea una de las últimas grandes obras esotéricas. De Lubicz explica:

El segundo antes de caer en el sueño es el momento más valioso del día, cuando el córtex cerebral se apaga y tú sigues en una conciencia despierta. Realmente es el estado meditativo perfecto, y las asociaciones hechas en ese estado no obedecen reglas lógicas; pueden traer consigo verdaderas revelaciones al liberarse de la rutina de los significados racionales. Como la mente ha abandonado el control, pero no la conciencia, deja el campo abierto al complejo emocional que usualmente yace suprimido y atado por la mente. Date cuenta que la presencia última de la más alta función intelectiva, aunque en un estado completamente pasivo, es esencial porque sin esa presencia simplemente estás dormido y soñando, y nadie nunca ha logrado nada en un estado de sueño profundo… Algunos estados de conciencia pueden compararse con sueños, pero si han de servir a la conciencia, deben ser una agudización, no una obnubilación.

En este estado se sumerge André VandenBroeck después de meditar sobre una “esfera espiral” y escuchar hipnóticamente la frase “Le verre de Chartres est teint dan sa masse par l’espirit volatile des mètaux” (“el vidrio de Chartres está teñido en su masa por el espíritu volátil de los metales”). No es poca cosa dentro de su instrucción, porque para De Lubicz la alquimia es fundamentalmente un trabajo de percepción, de ver la operación hermética ocurriendo perpetuamente en las cosas más ordinarias. “Estoy enseñando una conciencia funcional que necesita un corte momentáneo, une coupure, una eliminación del córtex cerebral tan bien lograda que no solo las maquinaciones del cerebro desaparezcan sino también toda representación formal”. “Entre menos esté presente la cabeza, más se inscribirá por la vibración emotiva… Es importante el rol de los estados emotivos en la inscripción”. La inscripción, según De Lubicz, es el cultivo y almacenaje de la conciencia que trasciende la existencia temporal de un individuo. Momentos de percepción depurada, como se nos abre la posibilidad antes de dormir, podrían convertirse una especie de impresión eterna, de ver la eternidad pero sobre todo de inscribir la eternidad en el organismo (conocer es convertirse en lo conocido). En diversos momentos De Lubicz esboza una teoría de la percepción, el gesto alquímico:

Hay una visión pertinente a cada momento cósmico particular… el momento presente, tal como lo defino en mi libro, es de hecho la eternidad.

Sabemos que todo se está creando cada momento, y todo también se pierde [cada momento]… La Obra [alquímica] no es el descubrimiento de una técnica… es la percepción de un proceso existente. Es la percepción la que es objeto de estudio y oración.

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VandenBroeck así entiende lo que le presenta De Lubicz: “En este silencio total las palabras formarían significados de la manera más natural, sin nuestra interferencia. Ahí el universo hablaría, no el córtex cerebral. Este es el acto, el estado de conocimiento”. Este dejarse para que el universo entre o hacerse a un lado para ser atravesado por la inteligencia cósmica parece ser un motivo común a la hipnagogia entre místicos de todas las eras. Gary Lachman cuenta que el filósofo neoplatónico Jámblico, entre sus múltiples prácticas teúrgicas, utilizaba la hipnagogia, “una condición entre la vigilia y el sueño” en la que venían ‘voces’ y ‘luces’ brillantes y tranquilas” aparentemente enviadas por la deidad. Swedenborg, el gran místico sueco, dice Lachman, “desarrolló un método para inducir y explorar estados hipnagógicos, en los que viajaba al cielo, al infierno y a otros planetas”. Famosamente el químico August Kekulé descubrió la estructura del anular de la molécula de benceno vislumbrando un uróboros (una serpiente que se muerde la cola) durante un sueño hipnagógico.

Tradicionalmente la imaginación es el órgano de la percepción de los mundos sutiles por excelencia. La imaginación que tal vez se activa en esos momentos de duermevela (de veleo y de vuelo), justamente cuando el cerebro se retrae y quita las manos del volante, puesto que como creen los místicos sufíes, la imaginación y la intuición no son dependientes de la mente, sino que se ubican más en el corazón, “el órgano que produce conocimiento verdadero, intuición comprensiva, gnosis (ma’rifa) de Dios y de los misterios divinos”, dice  el islamólogo Henry Corbin. Quizás antes de dormir manteniendo la calma en ese momento vertiginoso podemos alcanzar a ver con el corazón por algunos instantes y, con el ojo abierto del corazón, espiar la eternidad o percibir el translumbramiento del paraíso.

Existe una aristocracia de exploradores hipnagógicos, Gary Lachman enlista algunos: William Blake, Samuel Taylor Coleridge, Thomas De Quincey, Edgar Allan Poe, Gérard de Nerval, Havelock Ellis, C. G. Jung, Jean-Paul Sartre, Ernst Jünger… Espero que esta introducción a las delicias misteriosas de la hipnagogia y particularmente al abrevadero del momento justo antes de dormir –en el filo del cielo-abismo– sean un buen aliciente para que quien lee esto intente observar su propio proceso de entrada al sueño: esa conciencia particular de atravesar una puerta. Se me ocurre que una forma de hacerlo es practicando la famosa meditación pitagórica de revisar antes de dormir los acontecimientos del día –así, que la película del día corra hasta disolverse en la pantalla del umbral como podría ocurrir también con la muerte o ese instante final en el que, según cuentan, se puede ver toda una vida de alguna manera contenida en un momento y desdoblándose justamente en esa percepción de la luz que se libera de la estrecha limitación del cerebro. El momento antes de dormir es el momento más importante del día y el momento antes de morir es el momento más importante de la vida: ambos, uno intuye, son en realidad el mismo momento. Tal vez el estado de hipnagogia sea un escenario virtual para entrenarnos para la muerte y no perder lo que hemos logrado en conciencia, en términos de Schwaller de Lubicz, lo que hemos inscrito en nuestro ser, inefablemente hasta los huesos.

 

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Silencio y sueño: las dos necesidades de la mente que se han vuelto lujos

El sueño y el silencio se han vuelto productos de lujo, siendo necesidades de la mente y el alma, lo cual nos dice mucho de la época en la que vivimos.
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Vivimos en un mundo donde lujos, caprichos y fantasías son transformados en necesidades por la maquinaria mediática-económica. Creemos que necesitamos el nuevo iPhone, el cuerpo de una modelo de Victoria’s Secret o la vida estereotípicamente feliz de una familia moderna. Mientras esto sucede cosas que realmente sí son necesarias, como el silencio y el sueño, se convierten en carísimos lujos que sólo algunos pueden pagar o que sólo algunos tienen la estabilidad mental necesaria para recordar su importancia, inmersos en el frenesí de estímulos y estrés de la realidad actual.

La confusión en la que estamos envueltos puede apreciarse por el hecho de que hasta hace algunos años dormir poco era considerado un signo de éxito y admiración, ya que significaba que una persona estaba muy ocupada, era importante y estaba mayormente transformando su tiempo en dinero. Esto todavía puede apreciarse en ciertos ambientes urbanos competitivos, como en Tokio, donde se practica el extraño fenómeno del inemuri, dormir en el trabajo como símbolo de que la persona está entregada a su labor y está permanentemente disponible, por lo cual amerita mayor responsabilidad, promoción y salario.

En los últimos años estudios científicos han mostrado que prácticamente no hay nada tan dañino para la salud en general como consistentemente descuidar nuestro tiempo de sueño. Dormir mal –y esto significa cantidad de horas pero sobre todo calidad, lo cual tiene que ver con el silencio– es casi equivalente a asegurarse que estamos apilando un fardo de enfermedades, estrés, mal humor y bajo desempeño. Puede que algunos sean más resistentes que otros, pero si una persona simplemente no le da mucha importancia a su sueño, esto acabará costándole muy caro en términos de salud. En esto observamos una tendencia en la que se prioriza el dinero sobre la salud, se cree que el dinero puede resolverlo todo y se legitima entonces dormir poco –o en realidad cualquier actividad– para ganar más dinero (el cual puede redimir cualquier cosa).

Vivimos en un mundo que se rige por la economía, una economía de crecimiento infinito en la que lo fundamental es generar más ingresos pero no necesariamente generar más prosperidad, como claramente ha mostrado Douglas Rushkoff en su más reciente libro. En el afán de generar más ganancias, hemos atiborrado nuestros espacios de objetos ruidosos, de tecnología que perturba los ciclos naturales y de un imperativo moral de ser productivos. Nuestra visión económica de la realidad opera de manera predatorial, en todos lados buscando extraer valor –aunque esto signifique explotar y saquear la naturaleza– para seguir presentando resultados de crecimiento. Esto ha llevado a que el sistema incluso haya convertido el dormir en un producto de lujo, habiendo antes orillado a los ciudadanos a llevar una vida de estrés y alta presión, en general poco conducente del sueño, en el intento de perseguir el otro sueño: el sueño del éxito, el sueño aspiracional de tener más cosas, el sueño americano, etc. En estos casos de dinámicas todos pierden, el único que gana es el sistema capitalista y las grandes corporaciones que son entidades abstractas, cada vez más parecidas a algoritmos que operan más allá del control humano.

Dormir bien se ha convertido en un lujo y no se han tardado diferentes empresas y personalidades en capitalizarlo. La fundadora del Huffington Post, Arianna Huffington, ha embanderado la importancia de obtener las 8 horas diarias –lo que el médico ordenó– y ha publicado The Sleep Revolution, un nuevo libro sobre este tema. El Huffington Post predice que los salones de siesta serán tan comunes como las salas de conferencias en las oficinas corporativas.

The Guardian detecta que empieza a haber un boom de productos y servicios relacionados al sueño y a su optimización; Un lugar como YeloSpa está cobrando a los ajetreados ciudadanos de las grandes urbes 1 dólar por minuto de sueño; existen nuevos “retiros de sueño”, donde se pueden pagar hasta mil dólares por un par de días de terapia; nuevas innovaciones en el mercado de los colchones y camas en lo que se empieza a llamar “performance bedding“, tecnología del descanso orientada a mejorar el performance de los individuos, así como también salones de sueño como antes salones de belleza (y es que el sueño se transforma también en coeficiente de belleza)

A la par se han generado numerosas aplicaciones y gadgets, como máscaras para dormir que monitorean ondas cerebrales y estados REM, y cuyo fin es hackear el sueño ideal para presentar una ventaja competitiva al ejecutivo moderno. Todo esto está siendo vendido sobre todo bajo la rúbrica de que el sueño tiene una función esencial: mejora tu desempeño y aumenta tu producción. Así tenemos un círculo o negocio completo.

Evidentemente pocas personas pueden pagar spas para dormir, o wearable tech de 200 dólares para mejorar su sueño y no todos tienen nueve asistentes como Arianna Huffington, para así poderse consagrarse a los brazos reparadores de Morfeo… y sin embargo, pocas cosas realmente son más importantes que dormir bien.

Dormir se ha convertido en un símbolo de estatus: dormir como un bebé… o dormir como una mujer blanca de perfil socieconómico A- o A+. Estudios muestran que los pobres duermen peor que los demás y que las personas que mejor duermen –al menos en Estados Unidos– son las mujeres blancas de clase alta. Dormir bien no se trata solamente de tener tiempo para dormir, es también necesario estar en el espacio adecuado –por ejemplo, un barrio donde no haya mucho ruido– e incluso tener el cuerpo y la mente adecuada: una persona sometida a alto estrés, enferma o con distintos achaques difícilmente podrá dormir bien. Cuando esto falla, es necesario tener la capacidad de abstraerse, de relajarse y hacer silencio. ¿Pero quién tiene tiempo para mantener una disciplina meditativa que le permita silenciar el ruido del mundo y paliar la altisonante locura colectiva, así como también silenciar sus propios pensamientos interpenetrados por las cuitas mundanas? Esto, nos dirían las personas que duermen 5 o 6 horas diarias para trabajar más y poder ahorrar para comprarse un mejor automóvil, es un lujo.

La calidad del sueño, ese intangible en el reino de la cantidad, está relacionada con el silencio, lo cual también se ha convertido en un producto de lujo, reservado para los ricos o para aquellos dispuestos a abandonar las ciudades y las sociedades modernas, eligiendo una vida modesta, aislada y tranquila si bien teniendo que sortear las incomodidades de habitar lejos del gran supermercado o el gran centro comercial que es la urbe.

Al igual que el sueño, el silencio también está siendo pasado por un branding y toda una campaña de producto de lujo. Finlandia, por ejemplo, ha centrado su campaña para atraer turistas en promoverse como un lugar donde el silencio sigue existiendo. Sabemos que vivir en lugares ruidosos se correlaciona con todo tipo de enfermedades, dese alta presión arterial a mayor propensión a la esquizofrenia y otras enfermedades mentales. Por otro lado, estudios recientes muestran que el silencio promueve la generación de nuevas células del cerebro o neurogénesis.

El silencio es importante también para las personas que tienen un interés en crecer –pero ya no económicamente sino espiritualmente. Un estado de silencio, paz y relajación, son los requisitos para el funcionamiento correcto de la mente y la percepción precisa de la realidad, según filosofías como el budismo. El estado natural de la mente emerge cuando se logra cultivar el silencio –sorprendentemente la naturaleza de la mente no es la agitación, la aceleración o la excitación, es una amplitud más cercana a la vacuidad. El silencio en este sentido es lo que nos permite sentir esta vacuidad de las cosas que es descrita también como radiante y como infinita potencialidad. Paradójicamente, al ciudadano moderno la vacuidad le produce horror y estrés y rápidamente busca llenar el espacio de objetos y el silencio de ruido.

El místico Valentin Tomberg escribe en sus Meditaciones sobre los arcanos del tarot que el silencio es el punto de partida para todo camino espiritual y por ello está asociado con la carta del mago, la cual simboliza “una concentración sin esfuerzo”, la cual sólo es posible una vez establecido un silencio interno.

La concentración sin esfuerzo –es decir, ese lugar en el que no hay nada que suprimir y en donde la contemplación se vuelve tan natural como la respiración y el latido del corazón– es el estado de conciencia (i.e., pensamiento, imaginación, sensación y voluntad) de calma perfecta, acompañada de la completa relajación de los nervios y los músculos del cuerpo. Es el profundo silencio de los deseos, las preocupaciones, de la imaginación, de la memoria y el pensamiento discursivo. Uno podría decir que todo el ser se vuelve como la superficie quieta del agua, reflejando la inmensa presencia del cielo estrellado y su armonía inefable. […]

Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma… Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso. Entonces tendrás no sólo concentración sin esfuerzo, también actividad sin esfuerzo.

El silencio interno nos permite no sólo dormir mejor sino también soñar mejor e iniciar experimentos controlados en el mundo onírico. Creemos que las 8 horas que dormimos, la tercera parte de la existencia, son un desperdicio. Pero además de que cumplen con una importante función de restauración de la energía, aprendizaje y regeneración celular, sólo pensamos esto porque no recordamos nuestros sueños o no hacemos nada interesante ahí. Pero son numerosas las tradiciones que han practicado algún tipo de yoga de los sueños y han considerado el tiempo del sueño como un mismo contínumm, no algo dividido de la vigilia. La clave en este sentido parece ser también el silencio; al haber calmado los pensamientos y ruminaciones del acontecer diario, se hace más fácil entrar al sueño en un estado de calma lúcida, de observación y de integración de la experiencia (ya no se divide nuestra vida como si todas las noches bebiéramos del río Leteo). Esto se traduce en una mayor recordación –al no tener nuestra atención cautiva en un fenómeno obsesivo– y a veces en la posibilidad de entrar en un estado lúcido en el que reconocemos que estamos soñando y que las experiencias oníricas son generadas por nuestra mente (una comprensión que podría ser llevada también a la vigilia).

El silencio es el estado fundacional que nos permite observar los fenómenos sin identificarnos con ellos y sin olvidarnos de lo que está sucediendo en el presente, aquí  y ahora. En buena medida esto es así porque entrar en silencio es similar a crear una receptividad, un espacio y una apertura en la cual caben todas las cosas y desde la cual uno no colapsa sobre un fenómeno en particular; en el silencio no existen los ruidos externos o internos (pensamientos) que capturan nuestra atención y la llevan de excursión a la distracción de nuestros conceptos y recuerdos o temores. Desde esta “zona del silencio” puede emerger la profundidad de la mente y del tiempo. En este sentido el silencio nos coloca en el estado original, en la quietud que paradójicamente nos integra con el flujo perpetuo de las cosas, ante el vacío que es la inagotable fuente creativa. El Maestro Wáng Xiāngzhāi (王芗斋) dijo: “Moverse poco es mejor que moverse mucho; no moverse es mejor que moverse poco; moverse estando inmóvil es el movimiento de la creación”.

 

Twitter del autor: @alepholo